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Nuestra capacidad de destrucción. Ese para mí es el punto neurálgico. Nos convertirnos en promotores de dañinos bandos que nos han puesto a su merced. Somos supervivientes y egoístas, nos dejamos opacar por la violencia que siempre nos ha caracterizado y hoy nos estamos mirando en el espejo que todos hemos colgado en nuestra propia pared. Señalamos a los que consideramos culpables desde nuestra esquina y olvidamos que TODOS somos responsables del resultado. Un país no se estructura solo desde sus instituciones sino desde el núcleo más íntimo de los integrantes de una sociedad. Estamos atormentados por un extremo individualismo que abarca la ideología, la acción y eso ha abocado esta catástrofe colectiva. Somos cómplices y desertores porque carecemos de unidad. Un gran reflejo de ello es el termómetro de las redes sociales que son el reflejo de nuestro intolerante y permanente contrapunteo donde no hay espacio para el diálogo. No sabemos debatir, solo discutir porque somos impulsivos, reactivos y no pro activos. Insultos, ofensas, visiones enceguecidas, criterios sesgados, opiniones sectarias y ataques cruzados buscando tener la razón pero sin entrar en ella. Pedimos lo que no damos, respeto. No siendo suficiente, carencia de líderes, un estado fracturado, partidos políticos poseídos por el hampa, corrupción, desigualdad, injusticia y un espíritu canibal que nos ha llevado a ser los principales fomentadores del odio impulsados por la impotencia. No nos merecemos la sangre derramada ni el dolor que estamos padeciendo pero debemos reconocer que cada uno de nosotros se ha encargado de abrir más las heridas en vez de coserlas juntos. De nada sirve juzgar al otro, culpar al de al lado, criticar al del frente ni asignarle al resto una realidad que hemos labrado juntos estando más separados que nunca. Al igual que uds, quiero vivir sin miedo en un país en paz. Ojalá seamos capaces de crearlo porque lo cierto es que construirlo nos quedó grande.